PERFIL



 



LAURENTINO MARTÍ

Costur (Castelló), 1946

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luzdeacuarela.blogspot.com
www.laurentinomarti.es
acuarelista22@gmail.com

 
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     PERFIL BIOGRÁFICO

     IDEARIO PICTÓRICO

DOCE PINCELADAS Y UNA JUSTIFICACIÓN



       


PERFIL BIOGRÁFICO
 



Nací con el otoño del 1946 en Costur, provincia de Castellón, pequeño pueblo dedicado a la agricultura familiar, progresivamente desplazada por la industria de la cerámica y del azulejo, centrada en Alcora.

Ya desde la infancia tuve la suerte de entrar en contacto con la pintura gracias a los artistas que acudían a pintar las calles y los rincones típicos del pueblo, hoy irreconocibles debido al creciente progreso, severamente comprometido en la última década por el impacto de la prolongada crisis que afecta a la construcción.

Precisamente fue uno de aquellos artistas, Vidal-Serrulla, que además de ser excelente pintor era un magnífico acuarelista, quien marcó una decisiva preferencia por la pintura al agua.

De formación básicamente autodidacta, participé precozmente en diversos certámenes artísticos, consiguiendo mis primeros galardones en el ámbito provincial y después nacional.

Cursé estudios de Medicina en Barcelona, lo que me dio la oportunidad de conocer desde cerca el mundo artístico catalán, compatibilizando mis estudios con las actividades pictóricas que me permitían. A los veintiún años pude realizar mi primera exposición individual en la Sala Derenzi, de Castellón.

Mi específica dedicación a la acuarela me vinculó pronto con las actividades de la Agrupació d’Aquarel·listes de Catalunya, la más antigua del país, donde siempre contaron con figuras del máximo prestigio, desde los tiempos del mítico Fortuny. Posteriormente participé con regularidad durante años en sesiones al natural en los talleres del Reial Cercle Artístic de Barcelona. 

Tras una prolongada pausa para consolidar mi formación médica y especialización, no fue hasta 1986 que reanudé otra vez las exposiciones individuales, siempre en paralelo a mi ejercicio profesional, actividades que compatibilicé durante algunas décadas, con el perfil habitual (progresión-estabilización-regresión), hasta la preceptiva jubilación a los sesenta y cinco años.

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Además de participar en multitud de muestras colectivas de diverso rango, en especial las relacionadas con los Acuarelistas de Cataluña, en esas mismas décadas hice múltiples exposiciones a lo largo y ancho del estado, con la regularidad exigida por las galerías de arte. 

Especialmente tuvieron lugar en Barcelona, Valencia, Castelló, Lleida, Tarragona, Málaga, Mallorca, Sevilla, Novo Sancti Petri, Sitges, Madrid, Zaragoza, etc.

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Del reconocimiento a mi actividad artística en los concursos y certámenes de caracter local, nacional e internacional, he entresacado este resumen:

 1988   Grand Prix Soc. Beaux Arts XXXII S.Int. d'Arts Plastiques

1989  Premi Vives de Fábregas Agrup. Aq. Catalunya

1989  Grand Prix des Arts Audois (Carcassonne)

1990  III Premio Nacional de Acuarela "José Segrelles" (Albaida)

1991  II Premi XII Bienal de Arte de la Vinya i el Vi (Vilafranca)

1992  Primer Premi LLançà a la III Biennal de l’Aquarel.la (Llançà)

1993  Grand Prix du XXXVII Salon Int. d'Arts Plastiques (Béziers)

1996  Primer Premio Nacional Pintura Fundación Alfonso XIII-PSN

1996  Premio Nacional Acuarela Fed. Casinos y Círculos Culturales

1999  Medalla de Plata Agrupació d’Aquarel.listes de Catalunya

1999  Primer Premi Arts Plástiques “La Humanitat” (I.U.Dexeus)

2000  Mención de Honor Certamen Nacional Acuarela Caudete

2001  Medalla d’Or de l’Agrupació d’Aquarel.listes de Catalunya

2005  Medalla de Plata de l’Agrupació d’Aquarel.listes de Catalunya

2013  Primer Premio de Acuarela “Murallas de Montblanc”,

Premio III Certamen Internacional Puig Roda de Acuarela

2014  Primer Premio Inter. “Córdoba vista por acuarelistas europeos”

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He tenido la oportunidad de participar en numerosos encuentros de acuarelistas, así como también en distintas demostraciones en las sedes de las agrupaciones, conferencias y cursos en algunas instituciones, como el COMB o la EAP de Priego (Córdoba). 

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Algunas de mis obras están presentes en museos, como los que siguen:

MUSEO DE LA ACUARELA (Fund. MARTINEZ-LOZANO, Llançà)

MUSEO DE LA SOCIETE DE BEAUX-ARTS (Béziers)

MUSEO DE LA VINYA I EL VI (Vilafranca)

MUSEO BOLUDA (Valencia)

MUSEO NACIONAL DE LA ACUARELA (MEJICO)

MUSEO DE LA DIPUTACIÓN DE CASTELLON

AGRUPACION DE LOS ACUARELISTAS DE CATALUNYA

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  IDEARIO PICTÓRICO

Reconocer,
captar los destellos de belleza
que, incesantemente, irradian los elementos naturales,
dinámicos o inmóviles,
iluminados por cualquier tipo de luz,
natural o artificial y, muy singularmente,
con la luz del corazón,
capaz de despertar infinitos matices,
toda la amplia gama de colores-sentimiento
(adoración, ternura, respeto,
amor, amargura, decepción...)


Reconocerlos,
captarlos y trasladarlos después al soporte bidimensional,
desde una actitud sincera,
lo más desinteresada posible.
Es fácil adivinar las infinitas posibilidades expresivas...
Tantas personas, tantas culturas,
tantos temas, tantas técnicas, tanta libertad...

Y uno,
que no puede escoger su época,
su carga genética, su contexto sociocultural,
aún es libre para escoger técnica, temas, motivación.
Y uno,
aun consciente de la propia pequeñez,
de la limitación de sus conocimientos,
de la fragilidad personal,
de la servidumbre hacia el espacio,
de la inexorable finitud del tiempo asignado,
a pesar de todo, escoge...

Busco mi lenguaje pictórico dentro de la figuración.
Que sea espontáneo, sencillo y simplificador,
en línea con los tiempos actuales, a medio hacer,
siempre dispuesto a ser completado
por los ojos indulgentes del espectador.

Que no pese mucho más de lo necesario,
pero que tampoco caiga en el simplismo trivial,
tantas veces estéril y artificial.

De lectura tranquila, armonioso,
que, lejos de inquietar, descanse,
que penetre imperceptible y, si ello es posible,
colme de equilibrio y de paz.

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DOCE PINCELADAS Y UNA JUSTIFICACIÓN
L.M. (Del libro de Galería Benedito)



Ya de muy niño, en aquellas horas lentas del anochecer estival, mientras los adultos, sentados en las aceras, jugaban a cartas y comentaban entre risas las pequeñas trivialidades de cada día, mi pasatiempos preferido era dibujar, sobre la propia acera, con algún fragmento de yeso caído del desconchado de la propia pared o con alguna punta sobrante de tiza escolar, los perfiles familiares de las casas de enfrente, alguna anciana haciendo ganchillo en un rincón, siluetas de mujeres regresando del huerto, con el cubo o la cesta repleta, o con dos cántaros llenos de la preciada agua...

 

Recuerdo con total nitidez la emoción que sentía, subido de pie sobre un pupitre para alcanzar la luz de cristal de aquellos altos ventanales -¿eran altos o sólo el fruto de la propia pequeñez? -, con objeto de calcar alguno de los dibujos predeterminados que más tarde se tenían de repasar con tintas de distintos colores... Aquellos trazos eran temblorosos y la inexperiencia les confería una graciosa expresividad, hasta que al fin conseguía separar, con toda inocencia, las doloridas puntas de aquellas plumillas tan endebles, tan familiares a la vez...


 
Mi madre solía contarme que cada vez que paseábamos por la carretera, entonces solamente transitada por algún animal doméstico o de carga, siempre mostraba un desmedido interés por las minúsculas flores propias de la primavera: margaritas, amapolas, campánulas, toda la gama infinita de diminutas corolas blancas y amarillas...

Algunos años más tarde las íbamos a buscar por el campo, entre aquellos verdes trigales en el que nos solíamos mecer como en un mar esmeralda, lejos siempre de las miradas adultas que tan solo adivinaban una travesura más... Con aquellas flores hacíamos gruesos y bonitos ramos, casi a porfía como cantaba la canción, para adornar el altar de la Virgen de mayo. ¡Cuán lejos quedan los jueves de Corpus, con aquel olvidado placer de la lluvia de pétalos de rosa, envolviéndonos en una fragancia embriagadora, reminiscencia de algún sueño oriental!



Entre la humedad y la penumbra de una triste planta baja de abadía, de aspecto semiabandonado e inhóspito como toda propiedad común, recibí mis primeras clases de solfeo, sobre el teclado del harmonium parroquial recién comprado: Do-re-do-re-do, do-re-mi-re-do... En algunos momentos el aburrimiento de los pentagramas era tan solemne como un funeral. Casi insoportable para nuestra inquietud infantil, nos tentaba a salir del guión, a improvisar, y empezábamos a tocar de oído algunas melodías populares, no precisamente sacras...

Como era fácil de prever, aquellas libertades infantiles acabaron pronto, y de un modo muy religioso, protobíblico: con la expulsión de aquel primer paraíso musical...



Era todo un excitante espectáculo acercarse a mirar cómo pintaban sus cuadros algunos de los artistas que, con cierta frecuencia y especialmente en tiempo estival, acudían al pueblo para captar la sencilla arquitectura de sus casas, el inmaculado blancor de sus paredes, la autenticidad de sus calles y de su gente...

Asistir al aparente milagro de unos toques de pincel desparramando sus colores sobre un papel blanco, del que emergía una nueva realidad, hasta entonces escondida... Sentir aquel agradable olor del aguarrás, de los densos colores al óleo sobre el lienzo o de sus restos en unos tubos retorcidos, aplastados cuidadosamente para aprovechar hasta el último residuo del valioso pigmento.

Observar aquellos juegos de magia que, en mi mente de niño, evocaban veladas de comediantes, de magos y titiriteros como los que solían aparecer con los primeros calores del verano, cuando llegaba el tiempo de la siega para un trigo que ya se fue...



Fue Don Ramón, aquel exigente maestro siempre dispuesto a subir más alto el listón de nuestros estudios - con métodos hoy en desuso, tan severos como benevolentes -, quien atisbó en mí aptitudes artísticas...

Una tarde de junio me regaló su viejo caballete de campaña, fabricado con sus enjutas manos, como toda la amplia colección de sus apreciadas cañas de pescar... Sentí algo así como el espaldarazo de quien es armado caballero, como la definitiva licencia para pintar... Conociendo toda su seriedad, percibí aquella responsabilidad en forma de un temblor de piernas, muy similar al que sentí otras veces ante su figura los días en que no llevaba bien aprendidas mis lecciones...



Aquellas portadas de las historietas ilustradas de aventuras, compañeras furtivas de infancia y de adolescencia, se convertían a menudo en modelos idóneos para nuestra recién descubierta pasión por el dibujo.

Con mi amigo Juan Manuel copiamos un sinfín de ellas, compartiendo largas ristras de horas, de esas horas que no se miden con reloj, tanto en las mesas de nuestras propias casas como por los resecos caminos del verano, bajo la mirada siempre atenta de los gorriones o entre la cantinela monótona de las cigarras... ¡Qué poco necesitábamos entonces para ser felices!



Siempre descubría un particular encanto en los lápices de colores, muy en especial los que ya tenían una cierta calidad.

De niño eran Alpino, después Othello, más tarde aún Splendor... Algunos de ellos ya estaban dotados de un grado suficiente de blandura, lo que permitía una cierta plasticidad, incluso ser mezclados con agua, provocando así texturas acuareladas, al mismo tiempo excitantes...

Aún creo sentir en mis manos el tacto de aquellos lapiceros, casi tan humanos como unos dedos de más, compañeros inestimables en aquellas tardes infinitas de domingo que todos hemos sufrido alguna vez, de adolescentes, poniendo alas a nuestra imaginación inquieta, pintando arcos iris luminosos sobre espacios de gris soledad... 



Con sentimiento maternal que no excluía cierto tono de desaprobación, mi madre me comparaba con un ermitaño cada vez que me veía pasear solitario con mi armónica... Y con una ironía que entonces no captaba me preguntaba si por fin había encontrado la montaña donde quedarme a vivir...

Creo que no acababa de entender que no me movía actitud antisocial alguna, sino tan solo un imposible aburrimiento, el inextinguible filón repetido y siempre nuevo de mi cosmos personal.

Y, además, estaba mi armónica, aquel pequeño instrumento musical tan ligero como gratificante, tan expresivo, desde la sonoridad un tanto folklórica de las simples diatónicas hasta la perfección sonora de las cromáticas, todas ellas suavizadas cuando aplicabas el apropiado vibrato manual...

Hoy, la juventud lejana, limitada la capacidad de soplar, se me haría prácticamente imposible extraer de cualquiera de ellas aquellos gratos sonidos...

10ª

Desde una evidente lejanía respecto a la civilización, el correo era algo así como el cordón umbilical que nos nutría de esperanza, la posibilidad real de comunicarse, de aprender materias que no entraban en los planes de estudios de entonces...

Recuerdo el ansia con que solía esperar, a finales de mes, el viejo coche de línea que, con una puntualidad admirable, llegaba cada tarde a las cinco... Con él llegarían, hoy sí, los materiales para el curso de Pintura a distancia, el encargo furtivo de nuevas historietas ilustradas, aquellos catálogos con información turística que solicitábamos a consulados y embajadas, en un irrefrenable deseo de conocer...

11ª

Hasta las últimas semanas previas a la inscripción en la Universidad, no tuve claro si estudiar Medicina o Arquitectura - no sufríamos entonces los problemas derivados de las pruebas de selectividad, en aquel tiempo agazapada entre las exigencias de los primeros cursos de cualquier carrera-.

El gusto por el dibujo artístico y técnico, aparte de una especial facilidad para las matemáticas, eclipsaban a menudo la antigua predisposición hacia las actividades sanitarias, sembradas en casa desde mi niñez, y que en el último instante iban a prevalecer, con una serena naturalidad...

12ª

En un momento de distensión, le conté a mi esposa el pequeño secreto... Aquella tarde que volví mojado a casa había sido víctima de un flechazo más potente aún que el recibido el día en que la conocí, en el preludio de un largo verano...

Cuando le confesé el verdadero objeto de mi enamoramiento, un simple órgano electrónico, repleto, eso sí, de hermosos sonidos, de suaves efectos de reverberación, de chorus que me erizaban la piel, dejó asomar aquella conocida expresión giocondiana, entre enigmática e indulgente, tan igual a la que suele mostrar cuando me ve escribir algún verso...

Y sonrió. Mientras tanto, me quedé pensativo unos instantes - pobre aprendiz de todo, de músico, de poeta... ¿de hombre, tal vez? -. Creo que sólo con ver mi mirada, ya me había perdonado...

Y una justificación...

A menudo siento la necesidad de escribir poemas. Y confieso que muchas veces me tengo de contener, intentando engañarme a mí mismo con cualquier motivo banal, con la primera prioridad rutinaria que cruce por mi mente... Pasados algunos momentos, vuelvo a sentir una extraña nostalgia y me duele...

(Y es que algo le debe ocurrir, a ese pequeño poeta que todos llevamos dentro, cuando siente tan intenso el deseo de versificar, esa pasión tan fútil y gratuita de escribir poemas...)

                      Pero silencio,
                        porque en esos momentos su palabra,
                        no necesariamente erudita,
                        se torna más suave, más tierna,
                        se humaniza, se enamora,
                        se tiñe de sentimiento, llora...
                        O bien se esconde, insinúa,
                        y deja entrever
                        -siempre entre rendijas-
                        el inefable misterio,
                        su íntima libertad...

                        ¿Quién no ha volado alguna tarde
                        en lomos de Pegaso o de Platero?
                        ¿Quién no ha hecho suya alguna carta
                        escrita desde un antiguo molino,
                        o no se sintió enamorado
                        de un alto chopo dorado
                        junto a la ribera de un Duero?

                        (A veces creo adivinar qué es lo que le ocurre
                        a ese pequeño poeta que todos llevamos dentro...
                        ¡Quisiera ser ángel...
                        y tan solo se siente hombre,
                        o mujer!)

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